Columna: Historia de un celeste
Escrito por Juan Ramón Reyes   
Domingo, 22 de Julio de 2012

La verdad es que nací al fútbol viendo a la oncena celeste. El primer partido que vi fue en el año 1976, precisamente cuando vencimos a Curicó Unido por 6 a 2. Tenía 9 años, y lo único que recuerdo es un gol de mucha distancia de ‘Walo’ Herrera.

Recuerdo que ese año vi un partido inolvidable, no por el partido en sí, sino por el viaje y todo lo que envolvió al encuentro. Fue ante San Antonio Unido, y no sabría decir la cantidad de micros y liebres que viajaron, además del tren.

La playa chica de Cartagena estaba llena parecía verano. Por la tarde y por cierto a la hora del partido todos los hombres al estadio y las mujeres en la playa. Fue inolvidable, 3 a 2 ganó O’Higgins y daba otro paso más para volver a primera división.

Ese mismo año el último partido que vi fue el duelo de punteros entre O’Higgins y Ñublense, un día domingo de lluvia con un 3 a 3 de resultado final. Ese año el equipo terminó segundo en la liguilla final y ascendió junto a Ñublense.

Al siguiente año, el equipo hizo una campaña de esas que cuestan cuando vuelves a primera. Sin embargo, hubo un partido memorable en la octava fecha cuando Unión Española venía a Rancagua con un invicto de 45 fechas.

Frente a frente mi amado O’Higgins y ese equipazo de Unión Española, por lo demás sub campeón de América en la Libertadores. El estadio se repletó y ganamos por uno a cero, con gol de uno de uno de mis ídolos: Juvenal Vargas. Ese año el equipo terminó décimo.

El año 78’ para mí es el gran despegue del club. Con don Luis Santibáñez a la cabeza y con jugadores de la talla de René Valenzuela, Leopoldo Vallejos, Santiago Gatica, René Serrano, Miguel Ángel Neira, Nelson Acosta, Eduardo Bonvallet, Víctor Pizarro, Mario Baesso, Patricio Romero y Guido Coppa. Y una liguilla infartante y de nuevo enfrentados a Unión perdiendo 2 a 1 y faltando dos minutos para el final mi ídolo Francisco Juvenal Vargas marca el gol del empate, el gol del llanto, el gol del abrazo con mi padre que hoy me mira desde el cielo.

El ver a unas 5 mil personas creyendo que podíamos hacer algo ante estos gigantes en el Estadio Nacional. No creo haya vivido un momento más lindo, sino esas banderas celestes al viento y un gran OHI, OHI…OHI, OHI…RA RA, (que emoción recordar).

En el año 82, estaba en cadetes. Mi profesor y maestro Manuel Cáceres era quien me entrenaba y todos queríamos ser profesionales. Debuté con don Eugenio Jara el año 1986 con un equipo plagado de estrellas, por ejemplo el arquero era Enrique Enoch, el marcador central era don Leonel Herrera, también estaba José Bernal, Darío Scatolaro, Horacio Simaldone, Hugo Solís, Manuel Alvarado e Iván Valdés y seguía el maestro Leonidas “Pocho” Burgos, Bernardo Gallardo y Cristián Trejos, entre otros.

Recuerdo que siempre miraba la pizarra por si estaba entre los 15 citados. Pero era muy difícil, habían tremendos jugadores más encima otros cadetes que eran mayores que yo y la pregunta que me hacía era ¿por qué yo no? Seguí entrenado muy fuerte en este año también me llamaron a la selección nacional sub 20 junto a Miguel Zepeda, Michel Greig y Jorge “Choche” Gómez.

Nos presentamos en el Complejo Juan Pinto Durán y había radio y televisión. Estaba con los nervios de punta al ver que entrevistaban a los jugadores así que nos retiramos un poco de allí.

En esta selección habían figuras que ya jugaban en los equipos profesionales tales como Lukas Tudor, Camilo Pino, el ‘Kunta’ Cabello y Luis Musrri.
Era bastante difícil, pero una vez entrenando con ellos y con el primer equipo de O’Higgins fui mejorando mi nivel. Me contaron que no dejaban a nadie que no fuera de Santiago o de los equipos grandes así que mis expectativas no pasaban más allá de quedarme con un recuerdo, o una camiseta.

Hasta que un día el técnico me dijo: “Juan, tengo un informe tuyo y tendrías que jugar como Maradona y no te he visto, así que habrá la posibilidad de verte jugar”. Esa tarde marqué los tres goles del equipo titular (jugaba en el ataque con Tudor) y una de las alegrías más grandes que tengo es haber representado a mi amado equipo celeste en esta selección y en un mundial sin ayuda de nadie, sólo con mi esfuerzo.

En O’Higgins debuté una tarde en el Estadio la Granja de Curicó. Qué curioso también la primera vez que vi a mi querida celeste fue con Curicó. Iba saliendo del camarín y vi la pizarra y habían 18 citados, raro porque en ese tiempo sólo se nominaban 15 y el 18 era mi numero, igual número usaría en el mundial.

A todo esto estaba por fin en esa lista añorada y deseada. Muchos me felicitaron y me abrazaron, estaban muy contentos y yo más aún, pero con un problema no tenía zapatos de fútbol para jugar. Decidí contarle al capitán del equipo, Leonel Herrera, me dijo “¿no tienes zapatos? y si te toca jugar ¿cómo lo vas hacer?”. Le dije “por eso quiero que me ayude” y me llevó hasta su auto, abrió la maletera y tenía como 40 pares de zapatos. Dijo “¿de dónde podemos sacar un par de zapatos para ti?”, luego “¿cuánto calzas?”, “8” le dije, me dice “igual que yo”, sí -respondí- y luego me dice “elige 2 pares, yo te los regalo”. Grande capitán y me enorgullece aunque el gran Leonel Herrera haya jugado en O’Higgins porque me enseñó, no sólo a mí sino a todos los cadetes que estábamos en el primer equipo, que debíamos cuidarnos entre nosotros.

Saludo a todos los hinchas celestes. Cada día somos más los que no nos queremos morir sin ver a nuestra querida camiseta levantando la copa de campeón del fútbol chileno.

 
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